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Viento del Norte. Capítulo I


I

Un Instante del torbellino


  
La pierna humana crepitaba al fuego, chirriando y tronando al parejo de las llamas.
Su visión generó reacciones encontradas  en el guerrero que la miraba impactado: el delicioso aroma lo hizo salivar aún contra su voluntad, y su estómago hambriento gorgoreó, pero el saber que había pertenecido a un hombre, igual que él, con sueños y esperanzas, con miedos y pasiones, le causó escalofríos…
Había tenido que avanzar entre la bruma, cómo un fantasma venido de las sombras, en silencio, alerta y cauteloso.
Se parapetó tras  el derruido muro que le llegaba a la cintura,  pedazos de estuco,  cabellos,  objetos y restos humanos yacían regados por el suelo,  formando un mosaico  caótico, confuso. Recobró el aliento y observó con cuidado  el panorama que se abría ante sus ojos, a lo lejos se escuchaban voces y se veía el diluido resplandor de las fogatas.
Abandonó  su protección  y se internó en el agua helada  de un canal que lo separaba del enemigo, se esforzó por no castañear en cuanto se sumergió hasta el cuello en el agua fría que hería igual que agujas en la piel, extrajo una flecha de su carcaj y la colocó en su arco, apuntando al frente, listo para responder a cualquier movimiento extraño.
A su derecha observó algunos maderos, juncos y ladrillos apilados uno sobre otro hasta formar un paso de cierta anchura, el esfuerzo aún incompleto del enemigo por cegar el canal y cruzar hacia su territorio, de entre estos restos destacaba una delgada viga de madera, la extrajo con cuidado y la extendió sobre el canal, formando un puente sobre el agua que usaría a su regreso.
Ya había recorrido bastantes metros, cuando se quedó helado, a su izquierda, con el rabillo del ojo, detectó una silueta borrosa que lo observaba entre la niebla, trató de girar y hacer blanco en su adversario, antes de que el hiciera lo mismo,  pero los ojos del enemigo lo traspasaron con una mirada fría, impactante, carente de emociones, que se clavaba más allá de cualquier lugar, esa mirada taladró su consciencia mucho más fuerte que cualquier otra cosa que recordara en su vida, pensó que su fin había llegado….
Pero nada se movió.
Fue después de unos segundos de estupor, que  pudo darse cuenta de que se trataba de un cadáver, caído hacia quien sabe cuánto en ese lugar.
Respiró aliviado al saber que no recibiría un ataque de su inerte adversario, y recuperado de la sorpresa, continuó avanzando hasta llegar a la orilla del agua, saltó del canal y se ocultó entre algunos juncos hasta que su piel se escurrió lo suficiente para no hacer ruido al avanzar, volvió a armar su arco, listo a derribar lo primero que se atravesara en su camino, en su hombro llevaba otra arma con filos de obsidiana, por si tenía que enfrentarse cuerpo a cuerpo al enemigo.
Repentinamente, un dolor en su abdomen lo obligó a detenerse, el abrupto cólico se transformó en náuseas y luego en vómito, se esforzó por vomitar en silencio, cualquier ruido que produjera se convertiría en su muerte, luchando por controlar las arcadas que recorrían su cuerpo vació lo poco que su estómago se negaba a retener, llevaba días así, la enfermedad atenazaba sus entrañas, reduciendo sus fuerzas, debilitándolo,  al finalizar las violentas contracciones, se limpió con la mano y continuó adelante, a pesar de la cruda sensación que aún persistía en su estómago, orando por no ser presa de una nueva serie de arcadas.
Su misión era robar comida, él y sus compañeros no habían probado nada hacía días, excepto pedazos de cuero que hallaban por aquí y allá, cortezas de árboles, o raíces de plantas extraídas con las uñas. La última comida que recordaba había consistido en lirios acuáticos, tan fibrosos y rudos de masticar, extraídos de un agua pestilente que causaba infecciones. Hacía tanto tiempo que no comía bien, que el esfuerzo de su estómago por digerir cualquier alimento más o menos abundante  empeoraba sus síntomas.
Por ello, la vida de sus compañeros de armas y la de su familia, dependía del buen término de su incursión.
Al frente apareció el resplandor de una hoguera, se escuchaban voces, la mayor parte de sus enemigos estaban aún dormidos, y solo algunos estaban preparando alimentos o montando guardia. Se acercó lo suficiente para detectar a dos hombres vigilando al borde del canal, y esperó a que se alejaran, otros tres estaban junto a la hoguera, preparando el desayuno, durante momentos que se le hicieron eternos, esperó a que los guerreros que se deleitaban con el calor del fuego se retiraran unos instantes.
Cuando por fin se alejaron, no dudó en aproximarse al fuego, un suculento pato y dos enormes peces se asaban en esos momentos, ensartados en varas de madera, llenando el ambiente con su delicioso aroma, se detuvo sorprendido al observar también lo que parecía ser una pierna humana asándose voluptuosamente al fuego.
Y allí estaba ahora, contemplando esa extremidad asarse sin miramientos, sin ninguna consideración a su condición de hombre…
Extrajo una red que traía  al hombro, y metió en ella el pato y los dos grandes peces, echó una última mirada a la pierna, preguntándose si habría conocido al guerrero del que una vez había formado parte.
Estaba terminando de cerrar la red, para retirarse a toda prisa, cuando escuchó el silbido de flechas pasar raudas a su lado, y luego el toc–toc que hacían al incrustarse en el suelo.
-¡Un maldito enemigo se roba la comida! – gritó alguien a unos cuantos metros, descubierto, el guerrero se incorporó  y se lanzó a la fuga.
El agua ya no era una opción, el ruido que haría al chapotear y la dificultad de moverse en ella significarían su fin.
Se echó a correr por la orilla del canal, con la esperanza de llegar pronto al madero que había dejado a modo de puente, pero a su encuentro surgió un guerrero enemigo, cerrándole el paso, su única opción era derribarlo antes de que otros adversarios llegaran hasta él, aceleró aún más su carrera y lo embistió con el hombro, el peso adicional de los alimentos robados le ayudó en la tarea, el guerrero enemigo cayó al agua en medio de un fuerte chapoteo, acompañado del sonido de varias flechas incrustándose en el agua, que lanzadas por el enemigo en medio de la confusión, creyeron hacer blanco en él.
El sonido de varios pares de pies en persecución suya y voces de alarma que se extendían alrededor le indicaron la necesidad de llegar al otro lado del canal como fuera posible.
A media carrera se descolgó el arma con filos de obsidiana que traía consigo, por si tenía que vérselas con otro adversario, ante él apareció por fin la delgada viga que había tendido minutos antes, pero también otro guerrero enemigo que intentaba saber si el hombre que corría delante de él era el fugitivo o alguno de sus propios compañeros de armas, aprovechando esos segundos de duda, lo embistió con el filo de su arma apartándolo del camino y trepó a la viga de madera, la cual crujió por el peso de su cuerpo,  llegó al otro lado del canal, empujó con su pie la viga para que cayera al agua impidiéndole a sus perseguidores alcanzarlo, y se adentró en la niebla, mientras las flechas enemigas silbaban a su espalda y se clavaban en el suelo alrededor de él.
Una de ellas se le enterró en la pantorrilla, lo que lo obligó a lanzar un quejido ahogado, y a postrar una rodilla en el suelo, intentó levantarse, pero un fuerte dolor le sacudió el músculo, miró como la sangre comenzaba a manar de la herida.
-¡Vamos, vamos! ¡Debe estar por aquí cerca! - escuchó gritar a sus espaldas, acompañado del ruido de chapoteo en el agua,  trató de avanzar y el dolor lo hizo caer de nuevo al suelo, sabía que adelante estaban sus compañeros, emboscados, listos para proteger su escape, pero aún restaba cierta distancia para llegar a ellos, y el enemigo iba en pos suyo.
Se levantó con gran dolor y comenzó a andar nuevamente, salpicando de sangre los restos de las blancas paredes que yacían en el suelo, arrastrando la red con alimento, lo apremiante de la situación lo obligó a ignorar en lo posible su dolor.
De pronto, un enemigo cayó sobre sus espaldas, derribándolo, lo sujetó del cabello y aplastó su rostro contra el frío y húmedo suelo, sentía, podía intuir, que su adversario sacaría su cuchillo en cualquier momento y lo hundiría en su cuerpo para arrebatarle la vida.
Con todas las fuerzas que pudo reunir, hasta sentir que las venas de su cabeza se hinchaban por el esfuerzo, giró sobre su costado, en el momento preciso en que el puño de su enemigo le asestaba un golpe con la punta de su arma,  logró asir su muñeca, deteniendo la punta del cuchillo a escasos centímetros de su pecho, su adversario siguió intentando hundir el negro filo del arma en su cuerpo, el sonido de varios hombres saltando al agua se hizo presente.
Su enemigo reforzó el empuje de su arma con la otra mano, a fin de vencer la resistencia del puño que frenaba su carrera por debajo, la sombra de otro enemigo oteando las sombras apareció entre la bruma.
Cuando el filo del arma enemiga parecía deleitarse con la inmediata promesa de su sangre, logró liberar el brazo atrapado bajo el cuerpo de su contrincante, tomó la negra hoja de obsidiana del cuchillo enemigo y la rompió en un movimiento lateral, la mortal pero delicada cuchilla de cristal volcánico chasqueó en su mano, lanzando pequeñas esquirlas en torno suyo, con la punta rota en su mano izquierda, la proyectó hacia la garganta del contrario, que al sentir el agudo filo del arma que hasta unos momentos antes había sido suya, se llevó las manos al cuello, buscando retirarla sin éxito.
Se levantó, fustigado por la presencia del otro enemigo que ya se hallaba  allí, cerrando la distancia.
Otros pasos se escuchaban cerca, aproximándose a toda velocidad, con todo el valor que pudo reunir, tomo el arma que momentos antes había perdido al ser derribado y comenzó a correr hacia su territorio, rengueando, apretando los dientes por el dolor, sabía que en algún lugar, metros adelante, estaba la esperanza.
Pese a lo gris del camino y del destino, su corazón aún bregaba por triunfar, su brazo ansiaba aún empuñar un arma, su espíritu quería sobrevivir e imponerse. El altivo guerrero se llamaba Cuetzcatl(1) y el y su pueblo estaban obstinados en sobrevivir… Esta es su historia y su memoria.


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(1)  Cuetzcatl, palabra corrompida  de raíz cuetzpal: voraz, glotón , y que podría definirse como “persona voraz”

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