Un Instante del torbellino
La pierna humana crepitaba al
fuego, chirriando y tronando al parejo de las llamas.
Su visión generó reacciones
encontradas en el guerrero que la miraba
impactado: el delicioso aroma lo hizo salivar aún contra su voluntad, y su
estómago hambriento gorgoreó, pero el saber que había pertenecido a un hombre,
igual que él, con sueños y esperanzas, con miedos y pasiones, le causó
escalofríos…
Había tenido que avanzar entre
la bruma, cómo un fantasma venido de las sombras, en silencio, alerta y
cauteloso.
Se parapetó tras el derruido muro que le llegaba a la cintura,
pedazos de estuco, cabellos,
objetos y restos humanos yacían regados por el suelo, formando un mosaico caótico, confuso. Recobró el aliento y observó
con cuidado el panorama que se abría
ante sus ojos, a lo lejos se escuchaban voces y se veía el diluido resplandor
de las fogatas.
Abandonó su protección
y se internó en el agua helada de
un canal que lo separaba del enemigo, se esforzó por no castañear en cuanto se
sumergió hasta el cuello en el agua fría que hería igual que agujas en la piel,
extrajo una flecha de su carcaj y la colocó en su arco, apuntando al frente,
listo para responder a cualquier movimiento extraño.
A su derecha observó algunos
maderos, juncos y ladrillos apilados uno sobre otro hasta formar un paso de
cierta anchura, el esfuerzo aún incompleto del enemigo por cegar el canal y
cruzar hacia su territorio, de entre estos restos destacaba una delgada viga de
madera, la extrajo con cuidado y la extendió sobre el canal, formando un puente
sobre el agua que usaría a su regreso.
Ya había recorrido bastantes
metros, cuando se quedó helado, a su izquierda, con el rabillo del ojo, detectó
una silueta borrosa que lo observaba entre la niebla, trató de girar y hacer
blanco en su adversario, antes de que el hiciera lo mismo, pero los ojos del enemigo lo traspasaron con
una mirada fría, impactante, carente de emociones, que se clavaba más allá de
cualquier lugar, esa mirada taladró su consciencia mucho más fuerte que
cualquier otra cosa que recordara en su vida, pensó que su fin había llegado….
Pero nada se movió.
Fue después de unos segundos
de estupor, que pudo darse cuenta de que
se trataba de un cadáver, caído hacia quien sabe cuánto en ese lugar.
Respiró aliviado al saber que
no recibiría un ataque de su inerte adversario, y recuperado de la sorpresa,
continuó avanzando hasta llegar a la orilla del agua, saltó del canal y se
ocultó entre algunos juncos hasta que su piel se escurrió lo suficiente para no
hacer ruido al avanzar, volvió a armar su arco, listo a derribar lo primero que
se atravesara en su camino, en su hombro llevaba otra arma con filos de
obsidiana, por si tenía que enfrentarse cuerpo a cuerpo al enemigo.
Repentinamente, un dolor en su
abdomen lo obligó a detenerse, el abrupto cólico se transformó en náuseas y
luego en vómito, se esforzó por vomitar en silencio, cualquier ruido que
produjera se convertiría en su muerte, luchando por controlar las arcadas que
recorrían su cuerpo vació lo poco que su estómago se negaba a retener, llevaba
días así, la enfermedad atenazaba sus entrañas, reduciendo sus fuerzas,
debilitándolo, al finalizar las
violentas contracciones, se limpió con la mano y continuó adelante, a pesar de
la cruda sensación que aún persistía en su estómago, orando por no ser presa de
una nueva serie de arcadas.
Su misión era robar comida, él
y sus compañeros no habían probado nada hacía días, excepto pedazos de cuero
que hallaban por aquí y allá, cortezas de árboles, o raíces de plantas extraídas
con las uñas. La última comida que recordaba había consistido en lirios
acuáticos, tan fibrosos y rudos de masticar, extraídos de un agua pestilente
que causaba infecciones. Hacía tanto tiempo que no comía bien, que el esfuerzo
de su estómago por digerir cualquier alimento más o menos abundante empeoraba sus síntomas.
Por ello, la vida de sus
compañeros de armas y la de su familia, dependía del buen término de su
incursión.
Al frente apareció el
resplandor de una hoguera, se escuchaban voces, la mayor parte de sus enemigos
estaban aún dormidos, y solo algunos estaban preparando alimentos o montando
guardia. Se acercó lo suficiente para detectar a dos hombres vigilando al borde
del canal, y esperó a que se alejaran, otros tres estaban junto a la hoguera,
preparando el desayuno, durante momentos que se le hicieron eternos, esperó a
que los guerreros que se deleitaban con el calor del fuego se retiraran unos
instantes.
Cuando por fin se alejaron, no
dudó en aproximarse al fuego, un suculento pato y dos enormes peces se asaban
en esos momentos, ensartados en varas de madera, llenando el ambiente con su
delicioso aroma, se detuvo sorprendido al observar también lo que parecía ser
una pierna humana asándose voluptuosamente al fuego.
Y allí estaba ahora, contemplando
esa extremidad asarse sin miramientos, sin ninguna consideración a su condición
de hombre…
Extrajo una red que traía al hombro, y metió en ella el pato y los dos
grandes peces, echó una última mirada a la pierna, preguntándose si habría
conocido al guerrero del que una vez había formado parte.
Estaba terminando de cerrar la
red, para retirarse a toda prisa, cuando escuchó el silbido de flechas pasar
raudas a su lado, y luego el toc–toc que hacían al incrustarse en el suelo.
-¡Un maldito enemigo se roba
la comida! – gritó alguien a unos cuantos metros, descubierto, el guerrero se
incorporó y se lanzó a la fuga.
El agua ya no era una opción,
el ruido que haría al chapotear y la dificultad de moverse en ella
significarían su fin.
Se echó a correr por la orilla
del canal, con la esperanza de llegar pronto al madero que había dejado a modo
de puente, pero a su encuentro surgió un guerrero enemigo, cerrándole el paso,
su única opción era derribarlo antes de que otros adversarios llegaran hasta él,
aceleró aún más su carrera y lo embistió con el hombro, el peso adicional de
los alimentos robados le ayudó en la tarea, el guerrero enemigo cayó al agua en
medio de un fuerte chapoteo, acompañado del sonido de varias flechas
incrustándose en el agua, que lanzadas por el enemigo en medio de la confusión,
creyeron hacer blanco en él.
El sonido de varios pares de
pies en persecución suya y voces de alarma que se extendían alrededor le
indicaron la necesidad de llegar al otro lado del canal como fuera posible.
A media carrera se descolgó el
arma con filos de obsidiana que traía consigo, por si tenía que vérselas con
otro adversario, ante él apareció por fin la delgada viga que había tendido
minutos antes, pero también otro guerrero enemigo que intentaba saber si el
hombre que corría delante de él era el fugitivo o alguno de sus propios compañeros
de armas, aprovechando esos segundos de duda, lo embistió con el filo de su
arma apartándolo del camino y trepó a la viga de madera, la cual crujió por el
peso de su cuerpo, llegó al otro lado
del canal, empujó con su pie la viga para que cayera al agua impidiéndole a sus
perseguidores alcanzarlo, y se adentró en la niebla, mientras las flechas
enemigas silbaban a su espalda y se clavaban en el suelo alrededor de él.
Una de ellas se le enterró en
la pantorrilla, lo que lo obligó a lanzar un quejido ahogado, y a postrar una
rodilla en el suelo, intentó levantarse, pero un fuerte dolor le sacudió el
músculo, miró como la sangre comenzaba a manar de la herida.
-¡Vamos, vamos! ¡Debe estar
por aquí cerca! - escuchó gritar a sus espaldas, acompañado del ruido de
chapoteo en el agua, trató de avanzar y
el dolor lo hizo caer de nuevo al suelo, sabía que adelante estaban sus
compañeros, emboscados, listos para proteger su escape, pero aún restaba cierta
distancia para llegar a ellos, y el enemigo iba en pos suyo.
Se levantó con gran dolor y
comenzó a andar nuevamente, salpicando de sangre los restos de las blancas
paredes que yacían en el suelo, arrastrando la red con alimento, lo apremiante
de la situación lo obligó a ignorar en lo posible su dolor.
De pronto, un enemigo cayó
sobre sus espaldas, derribándolo, lo sujetó del cabello y aplastó su rostro
contra el frío y húmedo suelo, sentía, podía intuir, que su adversario sacaría
su cuchillo en cualquier momento y lo hundiría en su cuerpo para arrebatarle la
vida.
Con todas las fuerzas que pudo
reunir, hasta sentir que las venas de su cabeza se hinchaban por el esfuerzo,
giró sobre su costado, en el momento preciso en que el puño de su enemigo le
asestaba un golpe con la punta de su arma,
logró asir su muñeca, deteniendo la punta del cuchillo a escasos centímetros
de su pecho, su adversario siguió intentando hundir el negro filo del arma en
su cuerpo, el sonido de varios hombres saltando al agua se hizo presente.
Su enemigo reforzó el empuje
de su arma con la otra mano, a fin de vencer la resistencia del puño que
frenaba su carrera por debajo, la sombra de otro enemigo oteando las sombras apareció
entre la bruma.
Cuando el filo del arma
enemiga parecía deleitarse con la inmediata promesa de su sangre, logró liberar
el brazo atrapado bajo el cuerpo de su contrincante, tomó la negra hoja de
obsidiana del cuchillo enemigo y la rompió en un movimiento lateral, la mortal
pero delicada cuchilla de cristal volcánico chasqueó en su mano, lanzando
pequeñas esquirlas en torno suyo, con la punta rota en su mano izquierda, la
proyectó hacia la garganta del contrario, que al sentir el agudo filo del arma
que hasta unos momentos antes había sido suya, se llevó las manos al cuello,
buscando retirarla sin éxito.
Se levantó, fustigado por la
presencia del otro enemigo que ya se hallaba
allí, cerrando la distancia.
Otros pasos se escuchaban
cerca, aproximándose a toda velocidad, con todo el valor que pudo reunir, tomo
el arma que momentos antes había perdido al ser derribado y comenzó a correr
hacia su territorio, rengueando, apretando los dientes por el dolor, sabía que
en algún lugar, metros adelante, estaba la esperanza.
Pese a lo gris del camino y
del destino, su corazón aún bregaba por triunfar, su brazo ansiaba aún empuñar
un arma, su espíritu quería sobrevivir e imponerse. El altivo guerrero se
llamaba Cuetzcatl(1) y el y su pueblo
estaban obstinados en sobrevivir… Esta es su historia y su memoria.
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(1) Cuetzcatl, palabra
corrompida de raíz cuetzpal: voraz,
glotón , y que podría definirse como “persona voraz”

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