Preparándose para la vida
Los músculos le dolían
terriblemente, piernas y brazos le
temblaban de manera visible, amenazando con fallarle en el momento decisivo.
-¡No se rindan! ¡No se rindan!
¡Si pasan esta prueba, podrán iniciar el entrenamiento militar, y mejorar la situación de su familia! ¿Acaso no
desean llevarse mejores alimentos a la boca?
El oficial paso entre las
filas, mirando de cerca los adoloridos rostros de los jóvenes.
-¡El mexicah no sabe dar voz a
su dolor! Aprende a ignorarlo, porque ha nacido para ser dueño y señor del
mundo, y eso no es de ningún modo gratis, ¡tiene que ser estoico!
Los jóvenes aspirantes
cargaban dos pesadas piedras con los brazos extendidos, desde hacía varios
minutos.
-¡No te rindas Cuetzcatl! – le
vociferó el instructor en la cara, dándole una fuerte palmada en la espalda, al
ver que uno de sus brazos descendía.
A su mente vino la imagen de
su madre, recargada contra el molino de
piedra, cansada, sudando y secándose la frente, amasando el maíz, para darle
algo de comer a su familia, y también la
de su padre, con la espalda inclinada hacia el suelo, un día sí
y otro también, para obtener alguna cosecha de la tierra.
Esos recuerdos le dieron la
fuerza necesaria para soportar el dolor, si lograba ser aceptado como guerrero
y ascender en la jerarquía militar, podría cambiar esa realidad.
Varios de sus compañeros no
podían más, exhalaban y se quejaban.
-¡Llevamos horas así! ¿Cuándo
va a acabar?
El sol caía a plomo,
acentuando su sufrimiento.
-¡Ahh, no puedo más!- dijo uno
de ellos, arrojando las piedras al suelo, en medio de un sonido seco, con los
brazos acalambrados por el esfuerzo.
Tenía ganas de imitarlo, el
dolor en los brazos ya no le permitía pensar en otra cosa, comenzó a apretar
los dientes, y los músculos del cuello se le marcaron por el esfuerzo de mantenerlos
levantados.
-¡Ya que acabe esto por favor!
– escucho decir con voz desesperada a otro aspirante detrás de él, el
instructor lo miró con expresión reprobatoria.
Se obligó a poner su mente en
blanco, a no pensar en el dolor, a imaginar a su madre llevando ropas más
suaves que las de ruda tela de agave que usaba cotidianamente.
-¡No bajen los brazos! ¿Me
dirán acaso que el dolor es más fuerte que su fuerza de voluntad? – les
conminaba el adusto e inflexible instructor.
Sentía que no podría más,
quería dejar las piedras y acurrucarse, para consolar su cuerpo adolorido,
frotarse los músculos acalambrados y recobrar el aliento, solo el anhelo de
mejorar su existencia lo hacía resistir.
-¡Ya es suficiente! – se
escuchó por fin.
Cuetzcatl dejó caer las piedras
al suelo, sonriendo feliz. Aunque el cuerpo completo le temblaba, se sentía
orgulloso de sí mismo, por haber superado la prueba.
-El instructor militar se
plantó frente a ellos con las manos en la cadera, y luego explotó:
-¡Para aquellos que no pasaron
la prueba, es una pena!, ante la sociedad mexicah, solo serán ciudadanos de
segunda clase, sin esperanza ni futuro.
Los jóvenes que habían
sucumbido a su dolor, bajaron avergonzados la mirada.
-¡Bien hecho! ¡Bien hecho!
Solo los que perseveran triunfan – se escuchó decir a alguíen más allá.
Externó una sonrisa de oreja a
oreja y giro para mirar a sus compañeros
que habían conseguido terminar la prueba.
-Lávense la cara y descansen
unos minutos– remató el instructor.
-¡Felicidades, lo logramos! -
le dijo un compañero suyo, mientras lo palmeaba en la espalda, congratulándose
mutuamente.
-¡Pero a que costo! Estuve a
punto de desfallecer.
-Anda, refréscate un poco, que
ya debemos ingresar a las aulas.
Entró en el aula, tambaleante,
todavía temblando por el esfuerzo.
El inflexible maestro que
tenía enfrente comenzó a dar su cátedra, los alumnos lo miraban atentos, sabían
de los severos castigos a que se exponían si no eran cuidadosos con la
disciplina.
Pero Cuetzcatl, orgulloso de
haber culminado con éxito la prueba, divagaba, su mente saltaba de una imagen a
otra, se imaginaba a si mismo ostentando un alto cargo militar, marchando al
frente de las tropas, usando finas ropas, y llevando a su familia suculentos
platillos.
Se imaginaba en esos momentos
como sería su futura casa, como luciría por dentro, como la decoraría por fuera
para denotar buen gusto, que tan hermosa sería su futura esposa, cuantos hijo
tendría, cuando un pequeño dardo confeccionado con una púa de agave y un plumón
de ave fue a enterrarse en su brazo.
Cuetzcatl hizo un gesto de
dolor, y con la mirada buscó discretamente al responsable, cuidando que el
exigente maestro que tenía enfrente no fuera a
sorprenderlo distrayéndose de la clase.
Descubrió a Atlacatl, con
quien tenía rencillas desde hacía mucho tiempo, riéndose por lo bajo, y con una
expresión de reto, mirándolo fijamente.
-¡Es así como el arte mexica
ha alcanzado su máximo esplendor! – dijo el viejo maestro, mostrando un
impresionante trabajo de plumería que colgaba de la pared, luego se giró hacia
la misma para señalar un detalle exquisito
del artista.
Cuetzcatl aprovechó para
regresar el dardo a su agresor, quien logró esquivarlo por poco.
-¡Señor Cuetzcatl! - gritó el
maestro, provocando que el joven de diecisiete años, brincara sobresaltado.
-¡Temachtiani!
-¿Puede indicarnos cuales son
los eventos principales que se efectúan en la fiesta de Tlaxochimaco?
-Por supuesto temachtiani, -
respondió Cuetzcatl, aclarándose la garganta. – se recogen flores del campo, y
con ellas se elaboran collares y lazos multicolores con los cuales se adornan
los edificios de la ciudad, las puertas
y ventanas de las casas,
-¿Si? ¿Qué más?
-Y también se elige a cuatro
jovencitas llamadas Xochipilli, las cuales se visten con atuendos hechos con
flores, y cuatro jóvenes las cuidan, sembrando el camino de pétalos por donde
ellas van a pasar.
-¿Y cuánto tiempo dura la
danza que se ejecuta ese día?
-Temachtiani, la danza dura
desde el mediodía hasta que cae la noche.
-Muy bien Cuetzcatl. – le
respondió el maestro, el adolescente
respiró aliviado, pensando que había superado el interrogatorio.
-¿Y a quién se dedica este
mes, Cuetzcatl? – Pregunto el viejo maestro, con un tono mordaz.
-Maestro, este mes se le
dedica a… a… ehh… a… a las flores.
Entonces, el viejo maestro
dijo lentamente, y esbozando una sonrisa de triunfo:
-No señor Cuetzcatl, se le
dedica a las personas menores de dieciocho años que hayan muerto por cualquier
causa, sin importar cuál sea esta, ya que se considera que sus vidas son como
las flores y por alguna razón los dioses las han cortado, probablemente lo
sabría si prestara más atención a lo que acabo de explicar y no se dedicara a
arrojar fútiles darditos.
-Temachtiani, yo…
-La tuya es una actitud
intolerable para un joven mexica, mereces un castigo por ello, levántate y
ofrece un sacrificio a Tezcatlipoca por tu poca atención.
Cuetzcatl se levantó de su
lugar, fue hasta una mesa baja que estaba dentro de la habitación, tomó una gruesa púa de agave de un montón, y
se pinchó con ella el lóbulo de la oreja, el dolor lo hizo respingar, trató de
disimular lo más posible, pero no lo suficiente para que el viejo maestro no
notara el cimbrar de su cuerpo.
-¡Un mexicatl no se queja! –
le espetó el maestro, al tiempo que le daba un fuetazo con una larga vara en el
trasero, Cuetzcatl brincó del dolor ante el sorpresivo golpe.
El maestro se le acercó un
paso, mirándolo fijamente, y después de una pausa agregó: -Creí haberte dicho
que un mexicatl no se queja, nuestra gloria no la hemos construido con dulces
mimos. –Hizo el gesto de volver a azotar al joven, Cuetzcatl aguantó la
respiración y se puso rígido, a la espera del nuevo golpe, cuando este llegó su
cara se contrajo por el esfuerzo de soportar el dolor, sus compañeros de clase
hicieron un gran esfuerzo por no soltar una carcajada ante los cómicos gestos
que Cuetzcatl hacía para no llorar, bastó una severa mirada del maestro para
que todos recobraran la compostura instantáneamente.
-Espero que hayas aprendido la
lección.
-Si temachtiani.
-Toma asiento.
-Maestro
Se sentó como pudo, con el
trasero aun ardiéndole, sus compañeros lo miraban de soslayo, conteniendo las
risas.
-¡La clase ha concluido!,
pueden retirarse, pero no sin antes hacer la observación de que el templo está
muy sucio… Atlacatl, creo que tú eres el indicado para limpiarlo, y sabes por
qué. – le dijo, con una voz que sonaba a amenaza.
-Si temachtiani. – respondió
el aludido, tragando saliva.
Cuetzcatl se levantó del sitio
donde había estado sentado, él y sus compañeros hicieron el gesto de besar la
tierra con la mano, que era la manera formal de saludarse o despedirse entre
los habitantes del Anáhuac, y salieron
corriendo del recinto, felices de que terminaran sus clases del día.
-¡Demonios! no sé cómo me vio,
me arde el trasero como si me hubieran puesto un carbón. – le dijo a
Zacatecoatl, su primo y mejor amigo desde la infancia, una vez que estuvieron
en la calle.
-¡Bah!, no te quejes, en el
Calmécac les va mucho peor.
-Gracias por el consuelo, era
lo que necesitaba…Además, ¿no crees que ya estamos grandecitos como para que
nos agarren a varazos?
-El maestro es de la vieja
escuela, lo seguirá haciendo, así que mejor acostúmbrate.
Cuetzcatl se dirigió velozmente a su casa,
ansiando comer lo que su madre le habría preparado, no sabía que era, pero se imaginaba que era algo
delicioso, y le sabría a gloria después
de la extenuante actividad que había tenido en el telpochcalli, la casa de los
jóvenes, donde se entrenaba a los jóvenes guerreros.
Recorrió con premura las
calles del centro de Moyotlan, situada al suroeste de la ciudad, sus calles
eran anchas y bien trazadas, muy rectas, cortadas ocasionalmente por canales de
agua cristalina sobre los cuales se tendían puentes levadizos para permitir el
ingreso de los habitantes.
A su paso podía ver muchas
canoas atravesando los canales, trayendo los más diversos productos: enormes
guajolotes atados con correas, mazorcas
de maíz de los más variados colores y tamaños, graciosos perros engordados para su consumo, más allá, un
venado muerto y sujeto con tiras de cuero, en otra ollas, comales, cazuelas,
piezas de barro cocido y pulido color terracota, decorados con grecas multicolores, otra canoa portaba
quelites, huazontles, frijol, chayotes y otras plantas diversas, y en aquella,
dos patos muertos con el cuello verde y el lomo parduzco, la actividad
comercial en la ciudad era intensa y comenzaba muy temprano.
Llegó a los linderos de su
hogar, en el calpulli de Atlampa, donde a diferencia del centro, las calles
eran angostas y corrían paralelas al
borde de múltiples acequias.
El terreno firme de esta parte
de la ciudad había sido arrebatado a la
laguna por medio de chinampas, sobre las cuales se levantaban pequeñas
casas con techo de palma o de zacate.
Su hogar o chinancalli,(1) situado en la esquina de una
chinampa, era una estructura rectangular,
sus paredes erigidas con cañas de maíz estaban cubiertas con estuco
blanco y techo de zacate, sostenido por vigas de madera.
El interior consistía en dos
habitaciones, de las cuales, la más interna estaba destinada a sus padres,
mientras que la pieza anterior era donde dormían su abuelita, su hermano y él.
La cocina se encontraba fuera de la casa, Cuetzcatl entró y vio a su
madre, una mujer joven, de cabello oscuro,
atado sobre su cabeza en dos manojos a manera de cuernos, vestida con
una blusa blanca y larga, conocida como
huipil y una falda que le llegaba hasta los tobillos, bordada con grecas
verde claro. Era una mujer enérgica pero amorosa, de cara esbelta, mirada firme, cejas
delgadas, quebradas, labios regulares y carnosos.
-Ya he vuelto madre, y te
traje esto.- la voz de Cuetzcatl se reveló grave, hermosa y juvenil, mientras
le mostraba a su madre un racimo de tréboles de sabor agrio, que serviría para
aderezar la comida.
-Unos días son flores, otros
días son tréboles, espero que no me traigas serpientes, como cuando eras un
niño. - Le respondió ella.
Del brasero se desprendía un
humo azuloso que salía por la ventana, por
los dos o tres minúsculos agujeros que había en el techo surgían delgados
hilillos de luz que se colaban por entre
la apretada estructura de zacate, iluminando el humo que danzando como
filamentos azules, se agitaba en hermosas volutas, olía a madera, y también a
hierbas, a maíz, a tortilla recién hecha, el aroma más que el olfato, llenaba
el espíritu.
Buscó con la mirada a su
abuela, tan querida para él, un lazo
especial existía entre los dos, era la mujer que lo había cuidado amorosamente
desde su más tierna infancia, la que lo consolaba cuando caía en la tierra en
sus juegos infantiles, raspándose la piel con las piedrecillas del suelo, la
que le daba de cenar atolli caliente en las frías noches, la que le contaba
cuentos antes de dormir… La halló al otro lado de la habitación, arrodillada,
desgranando maíz con ayuda de otra mazorca, su hermano menor de diez años la
ayudaba.
-Aquí está la más adorable de
todas las abuelas.- la saludó, abrazándola.
-Tú siempre tan adulador - le
contestó ella, y le sonreía.
Varias arrugas asomaban a su
rostro, pero aún se veía fuerte, emanaba
vitalidad, el cabello largo y cano, recogido en dos trenzas a los lados,
salpicado de hebras oscuras, sus brazos, expertos y ejercitados en mil labores,
se movían con destreza, mostraban los años vividos, podía efectuar cualquier
trabajo sin una queja, por prolongado que fuera.
-En un momento nos sentaremos
a la mesa.
-Primero tengo que molestar a mi hermano menor.
El pequeño se hallaba arrodillado al lado de
la abuela, frotando distraídamente dos mazorcas de maíz
-Vaya Colotl(2)
veo que por fin trabajas bien- le dijo, al tiempo que le rascaba cariñosamente
la cabeza.
-Siempre lo he hecho bien. ¡No
me estés molestando!- contestó este, mientras apartaba fastidiado la mano de su
hermano mayor.
Cuetzcatl se lavó presuroso
las manos y la boca(3) con un instrumento de
madera que tenía la punta deshebrada, y se sentó a comer, ante sus ojos se
extendió un plato con humeantes huazontles, una pequeña olla con frijoles,
tortillas de nixtamal y un par de peces asados, todo lo cual le supo a gloria
después de haber permanecido varias horas en la escuela.
En la casa solo faltaba
Miahuaxihuitl, su hermana mayor, que se
había casado dos años antes, y vivía en casa del esposo, era muy parecida a su
madre, atractiva y grácil, aunque con mucho menos humor.
Al terminar de comer se
despidió abruptamente. Sin dar tiempo a su madre a ninguna cosa más.
-¡Adiós! ¡Voy a ayudar a mi
padre!
-¡Espera hijo…!
Llegó a la orilla del islote,
donde los terrenos habían sido arrebatados al lago a fuerza de ingenio y
trabajo duro, entre varios hombres que trabajaban en las chinampas, localizó
una figura delgada, de piel curtida y
cobriza, se trataba de su padre, Tochtli.(4)
-Ya estoy aquí para ayudarte
con las tareas del campo.
-Bienvenido, hijo, ¿Cómo te
fue en la casa de los jóvenes?
-Nos hicieron correr, con las mochilas cargadas de rocas, y nos
enseñaron a emboscar al enemigo, sorprendimos a la unidad de Zacatecoatl(5) cayéndoles por detrás y los
castigaron a todos ellos.
Tochtli externó una carcajada
- ¡Ja, ja, ja!, recuerdo esos ejercicios, yo mismo los practique a tu edad,
¡vamos! ayúdame a aflojar la tierra de esta orilla.
Cuetzcatl tomó la coa, un palo
grueso con un extremo aguzado y el otro aplanado, endurecido al fuego, para
plantar semillas.
La tierra era relativamente
suave, por lo que el trabajo se realizó en poco tiempo.
Al atardecer, debía volver a
la escuela, para practicar canto y baile, se cubrió el cuerpo con tinta negra,
a excepción del rostro, y se puso un maxtle, una prenda de tela que se
enrollaba alrededor de la cintura y pasaba por la entrepierna, a modo de
suspensorio, y cuyos extremos colgaban por el frente y por detrás, constituyendo la prenda masculina por
excelencia.
Encima se puso una manta de
fibra de maguey tratada de modo que perdiera su aspereza, para protegerse del
frío nocturno.
Se miró al espejo, su cabello
corto y negro ostentaba un mechón que le
caía en la nuca, señal de aquellos que aún no habían capturado enemigos.
Se despidió de su familia y se
encaminó al cuicacalco, la casa de la
danza, en el centro de Moyotlan.
Al ingresar, en lugar de
saludarlo, sus compañeros lo miraban con evidente desaprobación, algunos
cuchicheaban al verlo pasar, la inusual escena le dio muy mala espina.
-¡Cuetzcatl! Tengo algo
urgente que decirte. – lo abordó Zacatecoatl,
-¿Qué ocurre? Siento una
animosidad rara en los compañeros.
-Descubrieron un incensario roto en el
telpochcalli, ¡el incensario sagrado!, y una espina de sacrificio manchada de
sangre, creen que tú eres el responsable, por el incidente de la mañana.
-¡Eso es ridículo! yo jamás
haría algo así.
-Es un asunto muy delicado,
compromete tu futuro, y tu vida.
-¡Pero yo jamás…! – hizo un
alto en la frase, y enfurecido, buscó alrededor con la mirada, hasta encontrar
la razón de su sospecha
-¡Atlacatl!
Este también lo miraba, con un
gesto cargado de rencor y rechazo.
-Mañana iniciarán las
investigaciones. Si creen que has sido el culpable, te retirarán la posibilidad
de convertirte en guerrero, y te castigarán severamente, y si te niegas y creen
que mientes, podrían castigarte públicamente, incluso podrías perder la vida
por mentir, es un objeto sagrado, y nadie tenía porque tocarlo en ese momento,
creen que fue un acto de venganza o de protesta.
Cuetzcatl volvió a buscar a
Atlacatl con la mirada, quien también lo seguía observando con un gesto
inescrutable.
-¡Ya es tarde jóvenes! No
venimos a pasear ¡Pónganse en acción! – gritó a toda voz un joven sacerdote
militar, encargado de supervisar el baile.
Los jóvenes se colocaron en
fila, mientras un sacerdote los sahumaba por turnos, envolviéndolos en una nube
de humo de copal de exquisito aroma, entonando una oración.
El huehuetl, un tambor alto,
grande y muy sonoro, comenzó a emitir su poderoso sonido, un guerrero joven,
con dos maderos, tañía un ritmo fuerte, rápido y complejo que variaba a lo
largo de la danza, en una mezcla emotiva
y potente, que hacia vibrar el aire y el suelo, como el latido de un poderoso
corazón.
Le acompañaba el tañido del
teponaxtle, un pequeño tambor horizontal, con una abertura en la parte
superior, y el caracol de profundo y
cavernoso sonido.
Los jóvenes, en un arrebatador
y complejo espectáculo, que implicaba un gran esfuerzo físico y concentración,
saltaban, caían en desplantes, se
levantaban, giraban en el aire y caían en cuclillas, con movimientos de marcada
belleza destinados a promover la estética y la fortaleza de sus cuerpos,
bailarían hasta más allá de la media noche, y al concluir, se retirarían al
telpochcalli a dormir, aquellos afortunados de mayor edad, se dirigirían al
encuentro de alguna ahuianime, para pasar la noche acompañados de su tibio
abrazo.(6)
(1) Chinancalli, Casa de cañas, de
chinamitl, cercado de cañas, y Calli: casa. Aquellas construidas con muros de
cañas, y techo de zacate, cuyas paredes podían ser recubiertas o no con estuco – un tipo de argamasa- mientras que las
xacalli, del náhuatl xalli: arena y
calli: casa, estaban construidas con
adobes y paredes sólidas, contrariamente
a la creencia popular, un jacal es una casa construida por gente con recursos
-aunque menores que los de una noble o pilli, cuyas casas llamadas tecalli
estaban elaboradas con piedra, de Tetl: piedra y Calli: casa - y no las casitas o chozas construidas con
madera, cañas y paja. (Álvarez, José
Rogelio (Coord.), 1985, Imagen de la Gran Ciudad, Enciclopedia de
México-A.P.T.D.D.F., págs. 42-46).
(2) Colotl: escorpión, alacrán.
(3) Era costumbre y parte de la educación, que los mexica se lavaran las
manos y boca antes y después de cada comida, así como tomar dos baños al día,
uno en la mañana y otro en la tarde.
(4) Tochtli: Conejo.
(5) Zacatecoatl: serpiente del zacate,
Zacatl: zacate, Cóatl: serpiente.
(6) En estos espacios existían mujeres jóvenes que se
dedicaban a dar placer carnal a los guerreros solteros, Flores Farfán José
Antonio y Elferink Jan, 2007, La Prostitución
Entre los Nahuas, Estudios de
Cultura Náhuatl, No. 038, p. 265-282.

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