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VienTo del Norte Capítulo II




Preparándose para la vida


Los músculos le dolían terriblemente, piernas y  brazos le temblaban de manera visible, amenazando con fallarle en el momento decisivo.
-¡No se rindan! ¡No se rindan! ¡Si pasan esta prueba, podrán iniciar el entrenamiento militar, y  mejorar la situación de su familia! ¿Acaso no desean llevarse mejores alimentos a la boca?
El oficial paso entre las filas, mirando de cerca los adoloridos rostros de los jóvenes.
-¡El mexicah no sabe dar voz a su dolor! Aprende a ignorarlo, porque ha nacido para ser dueño y señor del mundo, y eso no es de ningún modo gratis, ¡tiene que ser estoico!
Los jóvenes aspirantes cargaban dos pesadas piedras con los brazos extendidos, desde hacía varios minutos.
-¡No te rindas Cuetzcatl! – le vociferó el instructor en la cara, dándole una fuerte palmada en la espalda, al ver que uno de sus brazos descendía.
A su mente vino la imagen de su madre,  recargada contra el molino de piedra, cansada, sudando y secándose la frente, amasando el maíz, para darle algo de comer a su familia, y también  la de su padre, con la espalda inclinada hacia el suelo,  un día sí  y otro también, para obtener alguna cosecha de la tierra.
Esos recuerdos le dieron la fuerza necesaria para soportar el dolor, si lograba ser aceptado como guerrero y ascender en la jerarquía militar, podría cambiar esa realidad.
Varios de sus compañeros no podían más, exhalaban y se quejaban.
-¡Llevamos horas así! ¿Cuándo va a acabar?
El sol caía a plomo, acentuando su sufrimiento.
-¡Ahh, no puedo más!- dijo uno de ellos, arrojando las piedras al suelo, en medio de un sonido seco, con los brazos acalambrados por el esfuerzo.
Tenía ganas de imitarlo, el dolor en los brazos ya no le permitía pensar en otra cosa, comenzó a apretar los dientes, y los músculos del cuello se le marcaron por el esfuerzo de mantenerlos levantados.
-¡Ya que acabe esto por favor! – escucho decir con voz desesperada a otro aspirante detrás de él, el instructor lo miró con expresión reprobatoria.
Se obligó a poner su mente en blanco, a no pensar en el dolor, a imaginar a su madre llevando ropas más suaves que las de ruda tela de agave que usaba cotidianamente.
-¡No bajen los brazos! ¿Me dirán acaso que el dolor es más fuerte que su fuerza de voluntad? – les conminaba el adusto e inflexible instructor.
Sentía que no podría más, quería dejar las piedras y acurrucarse, para consolar su cuerpo adolorido, frotarse los músculos acalambrados y recobrar el aliento, solo el anhelo de mejorar su existencia lo hacía resistir.
-¡Ya es suficiente! – se escuchó por fin.
Cuetzcatl dejó caer las piedras al suelo, sonriendo feliz. Aunque el cuerpo completo le temblaba, se sentía orgulloso de sí mismo, por haber superado la prueba.
-El instructor militar se plantó frente a ellos con las manos en la cadera, y luego explotó:
-¡Para aquellos que no pasaron la prueba, es una pena!, ante la sociedad mexicah, solo serán ciudadanos de segunda clase, sin esperanza ni futuro.
Los jóvenes que habían sucumbido a su dolor, bajaron avergonzados la mirada.
-¡Bien hecho! ¡Bien hecho! Solo los que perseveran triunfan – se escuchó decir a alguíen más allá.
Externó una sonrisa de oreja a oreja y giro para mirar a sus  compañeros que habían conseguido terminar la prueba.
-Lávense la cara y descansen unos minutos– remató el instructor.
-¡Felicidades, lo logramos! - le dijo un compañero suyo, mientras lo palmeaba en la espalda, congratulándose mutuamente.
-¡Pero a que costo! Estuve a punto de desfallecer.
-Anda, refréscate un poco, que ya debemos ingresar a las aulas.
Entró en el aula, tambaleante, todavía temblando por el esfuerzo.
El inflexible maestro que tenía enfrente comenzó a dar su cátedra, los alumnos lo miraban atentos, sabían de los severos castigos a que se exponían si no eran cuidadosos con la disciplina.
Pero Cuetzcatl, orgulloso de haber culminado con éxito la prueba, divagaba, su mente saltaba de una imagen a otra, se imaginaba a si mismo ostentando un alto cargo militar, marchando al frente de las tropas, usando finas ropas, y llevando a su familia suculentos platillos.
Se imaginaba en esos momentos como sería su futura casa, como luciría por dentro, como la decoraría por fuera para denotar buen gusto, que tan hermosa sería su futura esposa, cuantos hijo tendría, cuando un pequeño dardo confeccionado con una púa de agave y un plumón de ave fue a enterrarse en su brazo.
Cuetzcatl hizo un gesto de dolor, y con la mirada buscó discretamente al responsable, cuidando que el exigente maestro que tenía enfrente no fuera a  sorprenderlo distrayéndose de la clase.
Descubrió a Atlacatl, con quien tenía rencillas desde hacía mucho tiempo, riéndose por lo bajo, y con una expresión de reto, mirándolo fijamente.
-¡Es así como el arte mexica ha alcanzado su máximo esplendor! – dijo el viejo maestro, mostrando un impresionante trabajo de plumería que colgaba de la pared, luego se giró hacia la misma para señalar un detalle exquisito  del artista.
Cuetzcatl aprovechó para regresar el dardo a su agresor, quien logró esquivarlo por poco.
-¡Señor Cuetzcatl! - gritó el maestro, provocando que el joven de diecisiete años, brincara sobresaltado.
-¡Temachtiani!
-¿Puede indicarnos cuales son los eventos principales que se efectúan en la fiesta de Tlaxochimaco?
-Por supuesto temachtiani, - respondió Cuetzcatl, aclarándose la garganta. – se recogen flores del campo, y con ellas se elaboran collares y lazos multicolores con los cuales se adornan los edificios de la ciudad,  las puertas y ventanas de las casas,
-¿Si? ¿Qué más?
-Y también se elige a cuatro jovencitas llamadas Xochipilli, las cuales se visten con atuendos hechos con flores, y cuatro jóvenes las cuidan, sembrando el camino de pétalos por donde ellas van a pasar.
-¿Y cuánto tiempo dura la danza que se ejecuta ese día?
-Temachtiani, la danza dura desde el mediodía hasta que cae la noche.
-Muy bien Cuetzcatl. – le respondió el maestro, el adolescente  respiró aliviado, pensando que había superado el interrogatorio.
-¿Y a quién se dedica este mes, Cuetzcatl? – Pregunto el viejo maestro, con un tono mordaz.
-Maestro, este mes se le dedica a… a… ehh… a… a las flores.
Entonces, el viejo maestro dijo lentamente, y esbozando una sonrisa de triunfo:
-No señor Cuetzcatl, se le dedica a las personas menores de dieciocho años que hayan muerto por cualquier causa, sin importar cuál sea esta, ya que se considera que sus vidas son como las flores y por alguna razón los dioses las han cortado, probablemente lo sabría si prestara más atención a lo que acabo de explicar y no se dedicara a arrojar fútiles darditos.
-Temachtiani, yo…
-La tuya es una actitud intolerable para un joven mexica, mereces un castigo por ello, levántate y ofrece un sacrificio a Tezcatlipoca por tu poca atención.
Cuetzcatl se levantó de su lugar, fue hasta una mesa baja que estaba dentro de la habitación,  tomó una gruesa púa de agave de un montón, y se pinchó con ella el lóbulo de la oreja, el dolor lo hizo respingar, trató de disimular lo más posible, pero no lo suficiente para que el viejo maestro no notara el cimbrar de su cuerpo.
-¡Un mexicatl no se queja! – le espetó el maestro, al tiempo que le daba un fuetazo con una larga vara en el trasero, Cuetzcatl brincó del dolor ante el sorpresivo golpe.
El maestro se le acercó un paso, mirándolo fijamente, y después de una pausa agregó: -Creí haberte dicho que un mexicatl no se queja, nuestra gloria no la hemos construido con dulces mimos. –Hizo el gesto de volver a azotar al joven, Cuetzcatl aguantó la respiración y se puso rígido, a la espera del nuevo golpe, cuando este llegó su cara se contrajo por el esfuerzo de soportar el dolor, sus compañeros de clase hicieron un gran esfuerzo por no soltar una carcajada ante los cómicos gestos que Cuetzcatl hacía para no llorar, bastó una severa mirada del maestro para que todos recobraran la compostura instantáneamente.
-Espero que hayas aprendido la lección.
-Si temachtiani.
-Toma asiento.
-Maestro
Se sentó como pudo, con el trasero aun ardiéndole, sus compañeros lo miraban de soslayo, conteniendo las risas.
-¡La clase ha concluido!, pueden retirarse, pero no sin antes hacer la observación de que el templo está muy sucio… Atlacatl, creo que tú eres el indicado para limpiarlo, y sabes por qué. – le dijo, con una voz que sonaba a amenaza.
-Si temachtiani. – respondió el aludido, tragando saliva.
Cuetzcatl se levantó del sitio donde había estado sentado, él y sus compañeros hicieron el gesto de besar la tierra con la mano, que era la manera formal de saludarse o despedirse entre los habitantes del Anáhuac, y  salieron corriendo del recinto, felices de que terminaran sus clases del día.
-¡Demonios! no sé cómo me vio, me arde el trasero como si me hubieran puesto un carbón. – le dijo a Zacatecoatl, su primo y mejor amigo desde la infancia, una vez que estuvieron en la calle.
-¡Bah!, no te quejes, en el Calmécac les va mucho peor.
-Gracias por el consuelo, era lo que necesitaba…Además, ¿no crees que ya estamos grandecitos como para que nos agarren a varazos?
-El maestro es de la vieja escuela, lo seguirá haciendo, así que mejor acostúmbrate.
 Cuetzcatl se dirigió velozmente a su casa, ansiando comer lo que su madre le habría preparado, no sabía  que era, pero se imaginaba que era algo delicioso,  y le sabría a gloria después de la extenuante actividad que había tenido en el telpochcalli, la casa de los jóvenes, donde se entrenaba a los jóvenes guerreros. 
Recorrió con premura las calles del centro de Moyotlan, situada al suroeste de la ciudad, sus calles eran anchas y bien trazadas, muy rectas, cortadas ocasionalmente por canales de agua cristalina sobre los cuales se tendían puentes levadizos para permitir el ingreso de los habitantes.
A su paso podía ver muchas canoas atravesando los canales, trayendo los más diversos productos: enormes guajolotes atados con  correas, mazorcas de maíz de los más variados colores y tamaños, graciosos perros  engordados para su consumo, más allá, un venado muerto y sujeto con tiras de cuero, en otra ollas, comales, cazuelas, piezas de barro cocido y pulido color terracota, decorados con  grecas multicolores, otra canoa portaba quelites, huazontles, frijol, chayotes y otras plantas diversas, y en aquella, dos patos muertos con el cuello verde y el lomo parduzco, la actividad comercial en la ciudad era intensa y comenzaba muy temprano.
Llegó a los linderos de su hogar, en el calpulli de Atlampa, donde a diferencia del centro, las calles eran  angostas y corrían paralelas al borde de múltiples acequias.
El terreno firme de esta parte de la ciudad había sido arrebatado a la  laguna por medio de chinampas, sobre las cuales se levantaban pequeñas casas con techo de palma o de zacate.
Su hogar o chinancalli,(1) situado en la esquina de una chinampa, era una estructura rectangular,  sus paredes erigidas con cañas de maíz estaban cubiertas con estuco blanco y techo de zacate, sostenido por vigas de madera.
El interior consistía en dos habitaciones, de las cuales, la más interna estaba destinada a sus padres, mientras que la pieza anterior era donde dormían  su abuelita, su hermano y él.
La cocina se encontraba  fuera de la casa, Cuetzcatl entró y vio a su madre, una mujer joven, de cabello oscuro,  atado sobre su cabeza en dos manojos a manera de cuernos, vestida con una blusa blanca y larga, conocida como  huipil y una falda que le llegaba hasta los tobillos, bordada con grecas verde claro. Era una mujer enérgica pero amorosa,  de cara esbelta, mirada firme, cejas delgadas, quebradas, labios regulares y carnosos.
-Ya he vuelto madre, y te traje esto.- la voz de Cuetzcatl se reveló grave, hermosa y juvenil, mientras le mostraba a su madre un racimo de tréboles de sabor agrio, que serviría para aderezar la comida.
-Unos días son flores, otros días son tréboles, espero que no me traigas serpientes, como cuando eras un niño. - Le respondió ella.
Del brasero se desprendía un humo azuloso que salía por la ventana, por  los dos o tres minúsculos agujeros que había en el techo surgían delgados hilillos de luz que  se colaban por entre la apretada estructura de zacate, iluminando el humo que danzando como filamentos azules, se agitaba en hermosas volutas, olía a madera, y también a hierbas, a maíz, a tortilla recién hecha, el aroma más que el olfato, llenaba el espíritu.
Buscó con la mirada a su abuela,  tan querida para él, un lazo especial existía entre los dos, era la mujer que lo había cuidado amorosamente desde su más tierna infancia, la que lo consolaba cuando caía en la tierra en sus juegos infantiles, raspándose la piel con las piedrecillas del suelo, la que le daba de cenar atolli caliente en las frías noches, la que le contaba cuentos antes de dormir… La halló al otro lado de la habitación, arrodillada, desgranando maíz con ayuda de otra mazorca, su hermano menor de diez años la ayudaba.
-Aquí está la más adorable de todas las abuelas.- la saludó, abrazándola.
-Tú siempre tan adulador - le contestó ella, y le sonreía.
Varias arrugas asomaban a su rostro,  pero aún se veía fuerte, emanaba vitalidad, el cabello largo y cano, recogido en dos trenzas a los lados, salpicado de hebras oscuras, sus brazos, expertos y ejercitados en mil labores, se movían con destreza, mostraban los años vividos, podía efectuar cualquier trabajo sin una queja, por prolongado que fuera.
-En un momento nos sentaremos a la mesa.
-Primero tengo que  molestar a mi hermano menor.
 El pequeño se hallaba arrodillado al lado de la abuela, frotando distraídamente dos mazorcas de maíz
 -Vaya Colotl(2) veo que por fin trabajas bien- le dijo, al tiempo que le rascaba cariñosamente la cabeza.
-Siempre lo he hecho bien. ¡No me estés molestando!- contestó este, mientras apartaba fastidiado la mano de su hermano mayor.
Cuetzcatl se lavó presuroso las manos y la boca(3) con un instrumento de madera que tenía la punta deshebrada, y se sentó a comer, ante sus ojos se extendió un plato con humeantes huazontles, una pequeña olla con frijoles, tortillas de nixtamal y un par de peces asados, todo lo cual le supo a gloria después de haber permanecido varias horas en la escuela.
En la casa solo faltaba Miahuaxihuitl, su hermana mayor,  que se había casado dos años antes, y vivía en casa del esposo, era muy parecida a su madre, atractiva y grácil, aunque con mucho menos humor.
Al terminar de comer se despidió abruptamente. Sin dar tiempo a su madre a ninguna cosa más.
-¡Adiós! ¡Voy a ayudar a mi padre!
-¡Espera hijo…!
Llegó a la orilla del islote, donde los terrenos habían sido arrebatados al lago a fuerza de ingenio y trabajo duro, entre varios hombres que trabajaban en las chinampas, localizó una figura delgada, de piel curtida  y cobriza, se trataba de su padre, Tochtli.(4)
-Ya estoy aquí para ayudarte con las tareas del campo.
-Bienvenido, hijo, ¿Cómo te fue en la casa de los jóvenes?
-Nos hicieron correr,  con las mochilas cargadas de rocas, y nos enseñaron a emboscar al enemigo, sorprendimos a la unidad de Zacatecoatl(5) cayéndoles por detrás y los castigaron a todos ellos.
Tochtli externó una carcajada - ¡Ja, ja, ja!, recuerdo esos ejercicios, yo mismo los practique a tu edad, ¡vamos! ayúdame a aflojar la tierra de esta orilla.
Cuetzcatl tomó la coa, un palo grueso con un extremo aguzado y el otro aplanado, endurecido al fuego, para plantar semillas.
La tierra era relativamente suave, por lo que el trabajo se realizó en poco tiempo.
Al atardecer, debía volver a la escuela, para practicar canto y baile, se cubrió el cuerpo con tinta negra, a excepción del rostro, y se puso un maxtle, una prenda de tela que se enrollaba alrededor de la cintura y pasaba por la entrepierna, a modo de suspensorio, y cuyos extremos colgaban por el frente y por detrás,  constituyendo la prenda masculina por excelencia.
Encima se puso una manta de fibra de maguey tratada de modo que perdiera su aspereza, para protegerse del frío nocturno.
Se miró al espejo, su cabello corto y negro ostentaba un mechón  que le caía en la nuca, señal de aquellos que aún no habían capturado enemigos.
Se despidió de su familia y se encaminó  al cuicacalco, la casa de la danza, en el centro de Moyotlan.
Al ingresar, en lugar de saludarlo, sus compañeros lo miraban con evidente desaprobación, algunos cuchicheaban al verlo pasar, la inusual escena le dio muy mala espina.
-¡Cuetzcatl! Tengo algo urgente que decirte. – lo abordó Zacatecoatl,
-¿Qué ocurre? Siento una animosidad rara en los compañeros.
 -Descubrieron un incensario roto en el telpochcalli, ¡el incensario sagrado!, y una espina de sacrificio manchada de sangre, creen que tú eres el responsable, por el incidente de la mañana.
-¡Eso es ridículo! yo jamás haría algo así.
-Es un asunto muy delicado, compromete tu futuro, y tu vida.
-¡Pero yo jamás…! – hizo un alto en la frase, y enfurecido, buscó alrededor con la mirada, hasta encontrar la razón de su sospecha
-¡Atlacatl!
Este también lo miraba, con un gesto cargado de rencor y rechazo.
-Mañana iniciarán las investigaciones. Si creen que has sido el culpable, te retirarán la posibilidad de convertirte en guerrero, y te castigarán severamente, y si te niegas y creen que mientes, podrían castigarte públicamente, incluso podrías perder la vida por mentir, es un objeto sagrado, y nadie tenía porque tocarlo en ese momento, creen que fue un acto de venganza o de protesta.
Cuetzcatl volvió a buscar a Atlacatl con la mirada, quien también lo seguía observando con un gesto inescrutable.
-¡Ya es tarde jóvenes! No venimos a pasear ¡Pónganse en acción! – gritó a toda voz un joven sacerdote militar, encargado de supervisar el baile.
Los jóvenes se colocaron en fila, mientras un sacerdote los sahumaba por turnos, envolviéndolos en una nube de humo de copal de exquisito aroma, entonando una oración.
El huehuetl, un tambor alto, grande y muy sonoro, comenzó a emitir su poderoso sonido, un guerrero joven, con dos maderos, tañía un ritmo fuerte, rápido y complejo que variaba a lo largo de la danza, en una  mezcla emotiva y potente, que hacia vibrar el aire y el suelo, como el latido de un poderoso corazón.
Le acompañaba el tañido del teponaxtle, un pequeño tambor horizontal, con una abertura en la parte superior, y el caracol  de profundo y cavernoso sonido.
Los jóvenes, en un arrebatador y complejo espectáculo, que implicaba un gran esfuerzo físico y concentración, saltaban, caían en desplantes,  se levantaban, giraban en el aire y caían en cuclillas, con movimientos de marcada belleza destinados a promover la estética y la fortaleza de sus cuerpos, bailarían hasta más allá de la media noche, y al concluir, se retirarían al telpochcalli a dormir, aquellos afortunados de mayor edad, se dirigirían al encuentro de alguna ahuianime, para pasar la noche acompañados de su tibio abrazo.(6)


 (1) Chinancalli, Casa de cañas, de chinamitl, cercado de cañas, y Calli: casa. Aquellas construidas con muros de cañas, y techo de zacate, cuyas paredes podían ser recubiertas o no con  estuco – un tipo de argamasa- mientras que las xacalli, del náhuatl xalli: arena  y calli: casa,  estaban construidas con adobes  y paredes sólidas, contrariamente a la creencia popular, un jacal es una casa construida por gente con recursos -aunque menores que los de una noble o pilli, cuyas casas llamadas tecalli estaban elaboradas con piedra, de Tetl: piedra y Calli: casa -  y no las casitas o chozas construidas con madera, cañas y paja.  (Álvarez, José Rogelio (Coord.), 1985, Imagen de la Gran Ciudad, Enciclopedia de México-A.P.T.D.D.F., págs. 42-46).
(2) Colotl: escorpión, alacrán.
(3) Era costumbre y parte de la educación, que los mexica se lavaran las manos y boca antes y después de cada comida, así como tomar dos baños al día, uno en la mañana y otro en la tarde.
(4) Tochtli: Conejo.
(5) Zacatecoatl: serpiente del zacate,  Zacatl: zacate,  Cóatl: serpiente.
(6) En estos espacios existían mujeres jóvenes que se dedicaban a dar placer carnal a los guerreros solteros, Flores Farfán José Antonio  y Elferink Jan, 2007, La Prostitución Entre los Nahuas, Estudios de Cultura Náhuatl, No. 038, p. 265-282.

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