Forjando lazos
-¡Miren quien está aquí! - se
escuchó decir a uno de los muchachos, mientras los otros reían, Cuetzcatl
volvió el rostro y pudo ver nuevamente a Zacatecoatl, enarbolando una amplia
sonrisa.
-¡Qué alegría verte!- dijo,
mientras se saludaban tomándose del antebrazo.
Eran inseparables desde que
tenían memoria… hasta ahora, que habían sido asignados a unidades militares
diferentes.
-Pues… -respondió Zacatecoatl
con un aire resignado -me duelen un poco las piernas, nos hicieron correr hasta Zacatenco como
castigo.
-Te lo mereces por distraído.
-¡Ya me cobraré la afrenta, no
lo dudes!
-¡Cuidado! vienen los
tiachcauh - les advirtió otro joven, los
instructores militares eran bastante duros.
Se formaron rápidamente y en
perfecto orden, en grupos de veinte, en medio del patio.
-¡Señores! tronó la voz del
tiachcauh,(1) un
joven de unos veintitrés años, alto, musculoso, de anchas espaldas y
fuertes piernas, con el cabello recogido en la cabeza, formando una especie de pequeña cazuela.
-¡Hoy vamos a correr y subir una colina!, tomen sus mochilas y
acomoden dentro de ellas veinte
piedras del tamaño de su puño, tienen un
respiro para hacerlo, el último en llegar tendrá que correr doscientos pasos
más.
Los jóvenes corrieron hacia el
sitio donde estaban colocadas sus mochilas, llamadas cacaxtli, elaboradas con madera y carrizo y forradas con piel, que
se sujetaban a la frente con cintas de fibra de maguey, y en las cuales
llevaban los alimentos a las campañas militares.
Las llenaron con rocas que
estaban previamente apiladas y regresaron a sus posiciones.
-¡Vaya! así que usted, Mazatl(2)
tendrá que correr más que sus compañeros. -le dijo el tiachcauh
Tlapaocelotl, cuyo nombre significaba Jaguar Rojo, estaba lleno de fuerza y
carácter, y se había destacado brillantemente en combate.
-¡Si tiachcauh! – le respondió
el aludido, resignado.
-¡En marcha señores! - espetó
el tiachcauh, la columna traspasó las
puertas del telpochcalli, enfilándose a la calzada de Iztapalapa.
-¡Vamos! No se retrasen, yo
también traigo mi mochila cargada con piedras,
no poseo nada que ustedes no tengan, y no existe motivo para que se
rindan y no logren llegar al final - les dijo, poniéndoles el ejemplo.
La mañana aún se sentía fresca, pero los hombres
sentían ya correr el sudor por sus rostros.
Mientras recorría la
distancia, su mente comenzó a revivir el pasado, no recordaba cuando fue la primera vez que lo vio, pero
desde que tenía memoria, Zacatecoatl estaba a su lado.
De pequeños, mientras sus
padres los mandaban a juntar leña, acostumbraban escaparse a la orilla del
lago, con el riesgo de que alguien los reconociera y denunciara a sus padres,
ser acusados de vagancia les habría valido una severa reprimenda.
Ya en la orilla, les gustaba
juntar puñados de renacuajos, los cuales metían en un cántaro o en un trozo de
tela, y regresaban a sus linderos, donde
hacían una fogata con carbones encendidos que extraían de sus casas, y asaban
los renacuajos, los cuales comían deleitados, también algún día probaron
lombrices, e inclusive, recordando a los caracoles, mordisquearon un tlaconete,
de lo cual quedaron arrepentidos, por su
intenso sabor amargo, hasta que un día los sorprendió la madre de Cuetzcatl, lo
que les valió algunos palos y una fuerte
amonestación.
-¡Los renacuajos no son
ajolotes! no saben igual y a veces viven en agua lodosa y sucia, ¡se pueden
enfermar!
-Pero mamá - dijo Cuetzcatl-
el viejo Tecpatl los cría y los vende.
-Pero él los cultiva en agua limpia, y separa a los que no sirven,
no los captura entre el barro y el agua maloliente, ¡sucios! Quien sabe, espero
que no se les ocurra comer otro animal, por que si lo llego a saber les va a ir
muy mal.
Una mirada que cruzaron
Cuetzcatl y Zacatecoatl fue la respuesta. Si su madre hubiera sabido que por su lengua habían pasado chapulines,
acociles y todo tipo de animalejos mal cocidos, incluso un día tuvieron la
ocurrencia de devorar una sanguijuela, habría externado un gesto de
repugnancia.
Ante los recuerdos, una
sonrisa afloró en su rostro, miró a su
alrededor y se dio cuenta de que en ese
momento estaban cruzando los límites de la ciudad, internándose en el lago.
Infinidad de canoas iban y
venían, cargadas de flores, verduras y
aves, al lado izquierdo del lago
se podía apreciar la vecina ciudad de Texcoco, blanca, grande y bella,
regida por su tlahtoani Netzahualpiltzin.(3)
Regresó a sus recuerdos, a las
batallas infantiles que habían sostenido
contra Atlacatl(4) y su
pandilla a orillas del lago.
Atlacatl era un niño robusto,
de baja estatura y muy agresivo, descendiente de madre mixteca, lo que lo hacía
destacar entre los demás niños. Él y Cuetzcatl siempre habían mantenido, por
extraña circunstancia, cierta rivalidad.
La pandilla de Atlacatl los esperaba a orillas del camino, escondidos entre las chinampas,
surgían gritando detrás de su escondite
armados con varas de carrizos, Cuetzcatl y sus compañeros tenían que
defenderse con lo que tuvieran a la mano, y se desataba una batalla campal, que
invariablemente perdían.
Al verlos regresar, empolvados
y raspados, sus padres se molestaban y
les propinaban otro castigo, primero por dejarse ganar, y después por ensuciar
su ropa.
Por ello tuvieron que hacerse
de palos que cargaban permanentemente a su lado, pero Atlacatl y su compañía
siempre estaban en punta, preparados y en
busca de contrincantes, habían fabricado algunos escudos con comales
viejos, a los que habían atado cordeles, o los fabricaban con carrizos atados
entre sí, lo cual les daba clara ventaja
en las batallas.
La primera vez que
pudieron imponerse a ellos, fue
legendaria, esa mañana varios niños habían esperado a juntarse, para ofrecer mayor resistencia por si
aparecía Atlacatl y su pandilla.
Tal como esperaban, tras el
borde de una chinampa surgieron gritando
y corriendo, listos para humillarlos una vez más, pues acostumbraban, tras
derrotarlos, tomar su carga de leña y desparramarla por los caminos y los
canales.
Esta vez, Cuetzcatl y sus
amigos venían preparados, sacaron sus varas y una bolsa cargada con piedras, y
con ellas atacaron a los otros, que por lo mismo no pudieron acercarse.
Atlacatl recogió algunas de
las rocas que caían en el suelo, y comenzó a lanzarlas a su vez hacia el grupo
de Cuetzcatl, lo que provocó que ambos grupos se dedicaran a esquivar los peligrosos proyectiles, dos compañeros de Atlacatl resultaron tocados
por la certera puntería de sus contrincantes, lo que los puso momentáneamente
fuera de combate.
Pero Atlacatl no era alguien
que se diera fácilmente por vencido,
replegó a los suyos aún más, hasta quedar fuera del alcance de las rocas,
y luego avanzó unos pasos, anteponiendo los escudos, dando a notar que no era
el final de la batalla, pacientemente espero a que los otros agotaran sus rocas
y cuando eso ocurrió, mostrando una amplia sonrisa, ordenó a los suyos que
avanzaran.
Se lanzaron al frente,
amenazadores, mientras que los de Cuetzcatl
retrocedieron, empequeñecidos ante la idea de ser derrotados nuevamente,
todos, excepto Zacatecoatl, que avanzó
empuñando una vara tan larga como su estatura y arremetió contra los
adversarios, que no esperaban una reacción así.
De un certero golpe le
arrebato la vara de la mano a uno de los contrarios, un segundo golpe partió a
la mitad el carrizo de otro, lo que puso eufóricos a sus compañeros que se
lanzaron al contraataque, de poco valieron los escudos y las varas,
envalentonados, los de Cuetzcatl no tomaban en cuenta los golpes que recibían y
contestaban a su vez con varazos y
puntapiés.
Debido a los repetidos golpes,
los escudos de barro finalmente se rompieron, y ante la inferioridad numérica,
la pandilla de Atlacatl tuvo que salir corriendo, perseguida por los otros
niños.
Solo quedaron Cuetzcatl, Zacatecoatl y Atlacatl en a la
orilla del canal, mientras los demás iban y venían corriendo alrededor, intentando
reagruparse. Atlacatl, que tenía el arma más resistente y pesada de todas, atacó, partiendo de un golpe la larga vara de
Zacatecoatl y luego le asestó una patada en el costado, quién se dobló
del dolor, los demás, al ver esta acción, detuvieron su carrera,
expectantes y sumamente interesados en ver el desenlace de tal acto.
Atlacatl lanzó un golpe a Cuetzcatl, que lo
cimbró de pies a cabeza, todo parecía indicar que volvería las tablas a su
favor, cuando Cuetzcatl, en una arriesgada acción, se abalanzó sobre él, apartó
su arma con el brazo y le propinó sendos puñetazos, que justo es decir, no
hicieron mucho efecto.
Atlacatl se le quedó viendo,
extrañado, para después sonreír socarronamente,
tomó a Cuetzcatl del cuello y lo zarandeó un poco. Zacatecoatl, repuesto del dolor, se lanzó de lleno contra
el primero, haciéndolo trastabillar, Cuetzcatl logró zafarse del puño de
Atlacatl y también se sumó a la acción, los tres se inclinaron peligrosamente
hacia el borde de la chinampa, para luego perder el equilibrio y caer
ruidosamente al canal, Zacatecoatl y Cuetzcatl, más ligeros, salieron
rápidamente, mientras que el peso de
Atlacatl lo hacía resbalar por la pared.
Esto lo aprovecharon los dos
primeros, que arrancando terrones de tierra de la orilla, comenzaron a
bombardearlo con ellos, al fin Atlacatl consiguió salir, pero estaba
agotado, algo de tierra le entró al ojo,
por lo que prefirió sentarse y tallarse el ojo.
Sus amigos, ya sin líder,
decidieron rendirse
A partir de entonces, las victorias y derrotas se alternarían entre
ambos grupos, Atlacatl vio con más respeto a Cuetzcatl y a su amigo Zacatecoatl
e incluso pensó invitarlo a integrarse a su pequeña pandilla de agresores.
Un fuerte golpe en la espalda lo
devolvió a la realidad; su compañero había tropezado y chocado con él,
Cuetzcatl respondió a las disculpas del otro con un movimiento de cabeza, ya se encontraban en la
bifurcación de caminos a Coyohuacan e Iztapalapan, y un centenar de metros
adelante estaba la isla de Huitzilopochco, el actual Churubusco, donde se
encontraba el único templo a Huitzilopochtli fuera de Tenochtitlan, en el
calpulli de Teopanzolco, donde hoy se ubica la iglesia de San Mateo.
En las orillas de la isla
había gran cantidad de canoas cargadas de productos que se reunían en el
calpulli de Pochtlan, en torno al actual convento de Churubusco, y donde
también se daba cita cada semana un mercado grandísimo, tomaron la desviación
de la izquierda y se dirigieron hacia Mexicaltzinco, un importante poblado a
orillas del lago detrás del cual se apreciaba el cerro Huizachtepec, hoy
llamado el Cerro de la Estrella, en aquel entonces un adoratorio dedicado a la
observación astronómica y donde se
celebraba la ceremonia del fuego nuevo cada cincuenta y dos años.
-Vamos señores, enfrente
tienen al objeto de sus esfuerzos- dijo el tiachcauh Tlapaocelotl.
Para los jóvenes era difícil
seguir el paso de Tlapaocelotl, si la parte recta los había cansado, el subir
la pendiente fue una experiencia nueva y agotadora.
-‘¡Ah, no puedo más!’ - pensó
Cuetzcatl, sentía sus piernas
entumecidas, rígidas, el flexionarlas para dar el siguiente paso era un
trabajo dolorosamente difícil, sentía el muslo rígido, fatigado, cada paso lo
cansaba más.
-‘No debo rendirme’, -se dijo
a si mismo- ‘solo unos pasos más, solo unos instantes más y estaré arriba’.
Sentía sus pulmones contraerse y expandirse febrilmente, como si
quisieran salir de su pecho, intentó concentrarse, poniendo toda su
atención en cada movimiento. – ‘¡Ah!
Creo que voy a reventar’- repentinamente resbaló, y su rodilla fue a dar al
suelo, comenzó a deslizarse y tuvo que detenerse con las manos, se incorporó y
reemprendió la marcha, esforzándose por
no parar, fatigado, lento, agotadoramente lento.
-¡Ya está bien!-Tronó la voz
del tiachcauh.
A Cuetzcatl esa orden nunca le
pareció más maravillosa y oportuna, pues estaba al borde de la extenuación, sus
compañeros se tiraron agotados en el pasto, todos sentían las piernas débiles.
-Señor Mazatl, venga acá -dijo
el tiachcauh.
El joven, quien apenas se
estaba reponiendo de la carrera, puso cara de angustia
-¡Corra cien pasos en esa
dirección y regrese! – le dijo autoritariamente, a Mazatl no le quedó otra
alternativa que obedecer.
-Ahora que han experimentado
lo que es correr de esta forma ¿alguien de ustedes aún quiere ser tameme o
paynani?(5)
-Les preguntó Tlapaocelotl, lanzando una carcajada.
Los jóvenes lo miraron en
silencio, despectivos.
Una vez que el atribulado
Mazatl regresó, los dejó descansar diez minutos.
-Es hora de regresar, colóquense
sus mochilas y vean bien donde pisan, no quiero cargar su cuerpo en un brazo y
sus piernas en otro- volvió a bromear.
Los guerreros iniciaron el
descenso, que les resultó más fácil al ya no luchar contra la fuerza de
gravedad.
Repentinamente el tiachcauh
los rebaso y se paró frente a ellos, obstaculizando su avance.
-¿No olvidan algo?
Los jóvenes se miraron unos a
otros y a su propio cuerpo buscando algo que hubieran dejado fuera de lugar.
-No pueden dejar a sus
compañeros atrás, todos ustedes son un equipo, – les increpó Tlapaocelotl.
Los jóvenes miraron hacia
atrás, y observaron a Mazatl bajar dificultosamente la cuesta, visiblemente
fatigado.
-No importa si es el más
lento, ¡suban por él, y ayúdenlo a terminar!
Los noveles guerreros tuvieron
que regresar sobre sus pasos, correr junto con Mazatl, animándolo a avanzar,
bromeando con él y corriendo a su paso hasta regresar a su cuartel.
* * *
Apenas llegar al telpochcalli,
Cuetzcatl fue llamado por sus superiores, quienes lo hicieron pasar a una sala del colegio,
ante la mirada interrogante y castigadora de sus compañeros.
-¡Siéntese joven Cuetzcatl! –
le ordenó un severo maestro, otros maestros, instructores y sacerdotes se encontraban presentes, en
medio de un pesado silencio.
Cuetzcatl estaba nervioso,
sabía que era un asunto serio, y las manos comenzaron a sudarle.
En ese momento, Atlacatl
también ingresó a la sala, escoltado por otro maestro.
-Estamos aquí reunidos, para
analizar un caso delicado, el día de ayer, un incensario sagrado fue roto, en
un momento en que nadie tenía que haber estado presente en el aula, un
incensario sagrado que llevaba en este espacio mucho tiempo, más del que
podemos recordar, una pieza única y que fue consagrada a la divinidad mediante
un complejo rito, no es cualquier pieza que pueda ser comprada en el
mercado, se trataba de una pieza
dedicada especialmente a Tezcatlipoca.
Una serie de escandalizadas
exclamaciones se extendió en la sala.
Cuetzcatl apretó los dientes
con furia, y crispó los puños, ahora tenía que pagar las consecuencias de un
acto que no había cometido, solo por el deseo de venganza de un imbécil como
Atlacatl, que siempre buscaba con quien entablar pelea, deseó poder golpearlo y
ponerlo en su lugar.
-Creemos que fue deliberado, y
obedeció a un acto de venganza, por un castigo que le fue impuesto a este
joven, lo sospechamos porque muy cerca del incensario roto, había una púa de
sacrificio manchada con sangre, pareciera que hubiera sido dejada ahí como
recordatorio del acto al que fue obligado hacer por un acto de indisciplina.
-Un crimen así, de poder
demostrarse, sería castigado con la muerte.- Añadió un sacerdote
A Cuetzcatl le hirvió la
sangre al escuchar la sentencia adelantada, apenas acababa de ser admitido para
iniciar el entrenamiento como guerrero, y ya le deparaba la muerte, y aunque
esta no era algo a lo que Cuetzcatl temiera, no era ejecutado judicialmente
como deseaba acabar sus días, sino en el campo de batalla, cubierto de
gloria, después de haber logrado méritos
en combate y haber ascendido en la escala social. Ahora, la travesura cruel de
Atlacatl le negaba y le cortaba ese futuro.
-¡Señores maestros! ¡No he
sido yo quién cometió ese acto, la espina que yo usé se quedó clavada en la
bola de hojas de pino destinada para ello! – Se defendió, levantándose a medias
de su asiento
-¡Todas las evidencias apuntan
a usted! ¿Quién más tendría razones para cometer tal acto, si no es como una
forma de protesta?
Cuetzcatl se levantó
completamente de su lugar, protestando airadamente.
-¡No soy responsable por la
rotura de ese incensario! les pido que reconsideren su acusación, apenas acabo
de ser admitido para prepararme como guerrero, ¡No pueden cortarme la
oportunidad de alcanzar mis aspiraciones, cuando aún ni siquiera he empezado a
luchar por ellas! ¡No es en un juicio donde debo acabar mis días, sino en el
campo de batalla, es ahí donde le seré más útil a mi nación!
-¡Su actitud es
intolerable, joven Cuetzcatl, le conminó
a que se refrene, o pagará las consecuencias!… Su insubordinación, más que su
culpabilidad, bien pudieran ser la causa
de su muerte. – le espetó un severo sacerdote, con gesto furioso.
Cuetzcatl se sentó de nuevo,
muy a su pesar. Su respiración se escuchaba agitada, le dolía incluso aspirar
aire, y no podía destensar los músculos que mantenían sus puños y mandíbula
fuertemente apretados.
-¿Hay testigos del hecho? –
Preguntó un altivo oficial militar, de aspecto regio.
Atlacatl dirigió una mirada
sombría a Cuetzcatl, llena de furia y rencor.
-Por eso hemos traído a este
joven, quien fue encargado de la limpieza del aula, también como un castigo
debido a otro acto de indisciplina.
-¿Usted vio o sabe quien
rompió el incensario?
Cuetzcatl solo esperaba
escuchar las incriminatorias palabras de Atlacatl, y sabía que su futuro estaría
sellado, las rencillas entre ambos habían alcanzado un límite crucial, y este
era el resultado.
Un pesado silencio se hizo en
la sala, esperando escuchar las palabras de Atlacatl.
-No sé quién rompió el incensario, maestros, solo sé que
Cuetzcatl no pudo ser.
Cuetzcatl abrió los ojos,
visiblemente sorprendido, no era la respuesta que esperaba escuchar de
Atlacatl.
-¿Por qué dice eso?
-Porque lo conozco, todo el
mundo sabe que tengo rencillas con él desde hace mucho tiempo, pero
precisamente ese tiempo y esas experiencias me han dado la oportunidad de
conocerlo, y sé que el no pudo haberlo hecho, pues sabe asumir el peso de sus
actos.
Otra serie de murmullos se
extendió entre los maestros y sacerdotes presentes.
-¡Entonces asume que fue usted
el responsable!
-No he dicho eso.
-Pues así pareciera ser, señor
Atlacatl, porque la otra sospecha reside en usted, sabemos que las rencillas
entre usted y el Joven Cuetzcatl son legendarias, de mucho tiempo atrás, y usted ganaría mucho incriminando a su
compañero, solo para perjudicarlo. – Sentenció un sacerdote.
-Con todo respeto, maestros,
sé del castigo al que me expongo, pero no diré nada más.
-¿Entienden la seriedad de la
acusación? – Preguntó otro maestro.
-La pieza en cuestión era un
objeto sagrado, único, muy valioso, había estado mucho tiempo ahí, y no tenía
por qué romperse, es muy sospechoso que se haya roto el mismo día que fueron
castigados, y es igualmente verosímil que uno de ustedes lo hiciera por
rebeldía, y el otro por perjudicarlo. Si
el incensario se hubiera roto por un descuido, la pena sería muy severa, pero
entendible. Sin embargo, en este caso, se trató de un acto criminal, porque fue
hecho totalmente a propósito, con un fin perverso y oscuro, si alguno de
ustedes es hallado culpable, además, se está agregando el hecho de que mienten,
y eso es totalmente inaceptable, ya no podrían continuar como guerreros, y
además, perderán la vida. – Aseguró otro.
-Señor Atlacatl, en vista de
lo que ya se le ha advertido, ¿Reconsideraría su actitud de no decir nada?
Cuetzcatl se puso rígido,
sabía que había mucho en juego, la propia vida, con tal de salvarse y dejar su
reputación limpia, a Atlacatl no le costaba nada denunciarlo.
-Solo sé que Cuetzcatl no pudo
haber sido.
-¡Vaya que son necios!
Tendremos que aplicar otras medidas. – Intervino otro educador.
-Si el joven Cuetzcatl no fue,
entonces el único sospechoso es usted, joven Atlacatl. - Añadió un tercero.
-Atlacatl no pudo haberse acercado a ese incensario,
protestó Cuetzcatl.
-Para empezar, nadie le ha
cedido la palabra, joven Cuetzcatl… Pero ya que ha iniciado ¿Porque lo dice? –
le cuestionó un maestro.
Cuetzcatl dudó, decirles que
sabía que Atlacatl no había limpiado la sala, sino que había obligado a otro
estudiante amigo suyo a hacerlo por él, con amenazas, solo complicaría las
cosas. Así que mintió esperando que Atlacatl le siguiera el hilo.
-Porqué… El compañero Maxtlatón estuvo presente en ese
momento, orando, y como testigo él puede asegurarles que no vio a Atlacatl
acercarse al incensario.
-¿Cómo sabe usted eso?
-Sabiendo que yo era el
principal sospechoso, me informé con él si sabía quién lo había hecho. -
Improvisó, esperando que Atlacatl no lo contradijera.
-¿Es verdad eso, estuvo el
joven Maxtlatón allí? – Preguntó un maestro a Atlacatl.
-Así es maestro. – respondió
el aludido
-Pues si no podemos descubrir
quién fue el culpable, ambos tendrán que ser ejecutados.
Un grupo de fornidos guardias,
se movió hacia los jóvenes, listos a conducirlos a una ejecución pública.
Cuetzcatl y Atlacatl se levantaron
de sus lugares, alarmados.
La poderosa figura del militar
hizo seña de detenerse a todos.
-Antes de aventurar hipótesis,
y perder a dos buenos guerreros, permítame ver el incensario, maestro. –Dijo el
imponente militar, quien también era el responsable del colegio.
-Están allá, a su derecha,
telpochtlato.
El militar tomó los objetos,
cuidadosamente colocados sobre una tela
encima de una mesa de piedra, los observó con detenimiento, y luego expresó.
-¿De dónde toman las púas para
los sacrificios, temachtiani?
-Los traen del lado norte del
lago. – Respondió Coxcox, el maestro que los había castigado.
-Entonces deben ser de maguey
pulquero, de hoja ancha.
-Así es.
-Porque estas son de maguey
espadero, de hoja delgada, ¿lo había notado?
Otra serie de exclamaciones
recorrió la sala.
-¿Cómo lo sabe usted,
telpochtlato?
-He sido guerrero por muchos
años, y he empleado púas de maguey por
mucho tiempo, como para haber aprendido a reconocer sus diferencias.
-Brillante observación – Dijo
uno de los maestros.
-Y el incensario, hasta donde
yo recuerdo, era de una tierra roja, el barro que se empleó en este es negro.
-¿Quiere decir usted que este
es otro incensario?
-Así me parece, y si de lanzar
hipótesis se trata, de igual manera podríamos aventurar que alguien pretendió
inculpar a estos dos jóvenes, para deshacerse de ellos. No entiendo como
alguien no pudiera reconocer el incensario que emplea todos lo días.
-¡Telpochtlato! –Reclamó uno
de los maestros, escandalizado por la seria acusación, sin embargo, era obvio
que no osaría oponerse al renombrado jefe militar, y a su probada habilidad en
el combate.
-Lo que digo, es que a mi
juicio, alguien más, en otro calpulli, rompió este incensario, y trataron de
ocultar su error intercambiándolo con este.
-Me parece plausible. – Dijo
Coxcox, quien no había reparado en esos detalles.
-El lugar donde usan púas de
maguey de hoja delgada, son el calpulli de Huehuecalco y Tlaxilpa, ahí habría
que buscar nuestro incensario, y también a los verdaderos responsables de este
acto.
Cuetzcatl y Atlacatl
respiraron aliviados, al saber que no serían ejecutados, al menos de momento, y
se miraron entre sí, disfrutando la sensación del aire entrar a sus pulmones.
-Bien, por el momento
detendremos el juicio, en espera de ver si el incensario es encontrado en otro
calpulli, pero la amenaza aún pende sobre el cuello de estos jóvenes si no se
halla el mismo.
Los presentes abandonaron la
sala, con el mismo aire ceremonioso con el que habían entrado.
Cuetzcatl y Atlacatl se dieron con gusto la mano y así la sostuvieron, por
un largo instante, por primera vez en su vida.
* * *
-¡Señores! Los dejo al mando
del yaotachcan Iztacuauhtli, (6)
nadie mejor que él para adiestrarlos en la guerra, mi experiencia no podría
igualarse a la suya.- les dijo Tlapaocelotl, los otros oficiales también
cedieron el mando de sus unidades, que sumarían unos ciento veinte hombres en
total, al hombre de recio aspecto que había estado en el juicio de Cuetzcatl y
Atlacatl.
Era un viejo conocido de los
jóvenes, jefe de instructores y comandante del telpochcalli.
Un hombre impresionante, que
se había ganado el título de telpochtlato por mérito propio, de rostro sereno y
mirada feroz, alerta e inquisitiva, piel
curtida, musculatura regia y cuerpo enérgico, surcado por gruesas venas, vestía
sandalias, un honor reservado solamente a los guerreros de mayor rango, un
maxtle de algodón, bordado con un águila
en actitud de ataque, un pequeño pectoral de madera y una tilma o capa anudada al
frente que le caía por la espalda, el cabello largo, atado detrás de la cabeza,
nariz aguileña, hablar pausado y enérgico.
-Buenos días, espero que ya
hayan tomado sus alimentos, los tonacayo
tomio,(7) porque sepan que un cuerpo sin
alimento, sin agua, sin esfuerzo, sin ejercitarlo envejece y muere pronto, por ese motivo es necesario hacerse y
abastecerse de “nuestra carne y nuestros huesos”, imagino que están cansados,
pero eso fortalecerá sus cuerpos, de otro modo, fallecerían en el campo de
batalla, por debilidad.
-Yaotachcan Iztacuauhtli- uno
de los jóvenes se movió e inclino su cuerpo en señal de respeto. - Perdone mi
atrevimiento, pero tengo una pregunta que hacerle.
Iztacuauhtli movió la cabeza,
afirmativamente.
-Debido a una enfermedad, mi
hermano murió hace tres noches, y yo no comprendo porque nos preparamos
tanto para sobrevivir, si la muerte
puede sorprendernos de cualquier modo y en cualquier momento.
El joven tembló, temía que el
yaotachcan Iztacuauhtli se molestara, por parecer una pregunta cobarde, los
demás jóvenes contuvieron el aliento, los tiachcauh miraron al yaotachcan, y
luego devolvieron la vista al frente, esperando la respuesta, Iztacuauhtli miró
al joven con serenidad, interrogándolo con la vista, sin mostrar alguna
inquietud.
-Lamento la muerte de tu
hermano, valiente guerrero, y a tu familia envío mis condolencias. El hombre no
es mejor que ningún otro ser, somos uno
más, así, la más bella mariposa perece, y sus hermosas alas vagan por el viento, dando tumbos, el
poderoso jaguar cae, aunque guerrero no lo mate, aunque cazador no lo busque,
nomás con el tiempo muere. Acaso hay seres que, como la tortuga, ve pasar años
y noches, y su vida sigue bajo el sol, también hay seres que como algunas
mariposas, viven solo unos días bajo el sol, sobre las flores y entonces la oscuridad
cae sobre ellas.
Acaso sea nuestro destino
pasar solo unos escasos días en compañía del viento, de las nubes y las flores,
Acaso sea nuestro destino nomás estar un suspiro aquí. Disfruten este tiempo,
aún están sintiendo este viento, aún están
viendo las lejanas montañas salpicadas de verde, aún disfrutan de las
flores fragantes bajo las nubes, incluso, aún están saboreando el sudor que
empapa sus cuerpos, sus músculos cansados, aún sienten el dolor y el esfuerzo,
garantía de una satisfacción futura. Los muertos ya no lo sienten, los que ya
no existen ya no lo sienten, muchos no lo sintieron jamás,
murieron antes de nacer, otros, aunque vivos mucho tiempo, ya no están con
nosotros, nuestras queridas abuelas, nuestros queridos abuelos. Por eso no
tenemos tiempo para lamentos, para dudas, nuestra suerte y nuestro destino como
hombres es luchar y aprovechar al máximo nuestra vida.
La muerte es la fuente de la
vida, de ella surge, la muerte permite a la vida florecer, y la vida es el
alimento de la muerte, es un ciclo, una sostiene a la otra
¿de qué podría alimentarse el tierno brote si no antes otra planta ahora
caída le sirviera de sustento? ¿Cómo subsistiría el poderoso jaguar y la
majestuosa águila si otros no los sostuvieran con sus cuerpos al convertirse en
presas?
La historia, guerreros, como un ser destructor no respeta obras
vanas, es como la red de un pescador,
tamiza lo que no tiene peso, o suficiente tamaño, solo permanece lo que tiene
alto valor, solo un pueblo fuerte puede permanecer en la historia, su recuerdo
queda aunque ya solo existan sus cimientos.
-¡Así que no se desanimen,
valientes guerreros! vivan y aprovechen este instante que tienen sobre la
tierra, que es tan breve como la luz del relámpago que hiere la noche.
* * *
Cuetzcatl y Zacatecoatl iban
platicando en la calle, hablando de asuntos comunes. De pronto, escucharon un
alboroto, que los hizo mirar alrededor, vieron a un hombre en la calle,
señalando algo en el cielo.
Intercambiaron miradas de
interrogación y elevaron la vista trataron de ubicar aquello a lo que el hombre
apuntaba con su mano.
Un aerolito se desplazaba por
el cielo en pleno día, brillando incandescente, repentinamente se dividió en
tres fragmentos más pequeños, sus estelas parecían herir la atmósfera con
brillantes rasguños, para continuar su camino hacia el este, dejando tras de sí
una larga cauda.
Alrededor se escuchaban los
comentarios de la gente, en una gran mezcla de voces, gritos, ademanes y
sorpresa, a él, el espectáculo le quitó el habla.
Los tres cuerpos continuaron su trayectoria, dejando tras de
sí una larga estela, como hilos inexplicablemente suspendidos y llameantes que
comenzaban a desvanecerse lentamente.
Zacatecoatl miró a Cuetzcatl, con los ojos muy abiertos
por la sorpresa, estaban acostumbrados a las estrellas fugaces nocturnas, pero
uno en pleno día era algo inusitado, la calle bullía y resonaba con los
cuchicheos de la gente en torno al suceso, que aún señalaba al cielo.
Capítulo 3.
Forjando lazos.
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(1) Tiacauh o Tiachcauh, según diversos cronistas.
(2) Mazatl:
venado.
(3) La partícula Tzin se aplicaba a personalidades importantes y
respetadas.
(4) Atlacatl: “inhumano”.
(5) Tameme: cargador ; Paynani:
corredor, mensajero
(6) Iztacuauhtli Águila Blanca, de
Izta: sal, y por analogía blanco y Cuauhtli: águila
(7) Tonacayo Tomió: nuestra carne y huestros huesos, nuestros
mantenimientos, es aquello que de acuerdo al pensamiento náhuatl mantiene al cuerpo sano y en forma: alimentos, agua, descanso, estudio,
ejercicio, etc.

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